Antes de su paupérrima adaptación de la igualmente controvertida novela de Gore Vidal, Myra
Breckinridge (1970), Michael Sarne realizó esta inolvidable producción
en colorido CinemaScope, un espectáculo psicodélico e inasiblemente intimista
acerca de una excéntrica jovencita en su incursión dentro del swingin’ Londres de las galerías de arte
y de los crímenes susurrados off-camera, tan cool como la Petulia (1968) de John Schlesinger o
el Blowup
(1966) de Antonioni. La cautivadora Joanna (Geneviève Waïte) es la protagonista que, en su
promiscuidad sexual y afectiva, tardará en aprender la responsabilidad que
conlleva el estar viva, primero de la generosa mano de un aristócrata
millonario y moribundo (el estupendo Donald Sutherland, cuyo parlamento sobre
la belleza de la existencia continúa emocionándonos profundamente), después a
través de su relación con un don juan de buen corazón pero sumido en asuntos
bastante turbios (el suave Calvin Lockhart,
admirable figura fetiche de Sarne). Como Dustin Hoffman en la contemporánea The
Graduate, la infantiloide heroína respira y se mueve en una pecera
fugitiva, un mundo estilizadamente artificial creado morosa y amorosamente por
el cine, aquí todavía de un modo mucho más consciente y distintamente
metalingüístico que en la modélica comedia dirigida por Mike Nichols. Excelente
fotografía y exóticos escenarios naturales (Marruecos, exactamente) redondean
una obra ocasionalmente musical que sigue siendo nostalgia de la buena. 4/5
viernes, 27 de febrero de 2015
lunes, 26 de enero de 2015
Diario de invierno (1988)
Metafísico policial negro, impenetrable alegoría de un
submundo de la castellanidad, lírica visión de la muerte: los más sublimes
actores de sus respectivas generaciones, Fernando Rey y Eusebio Poncela interpretan,
naturalmente, a padre e hijo: éste es un policía desconcertante, a veces tierno
como un niño inocente, otras tan brutal como para echar a
patadas a su propia madre de la comisaría que dirige; aquél es un ruinoso arcángel
de la muerte, especialista en el inevitablemente siniestro (por misterioso,
secreto) manejo de venenos de serpiente para que sus numerosos clientes tomen
un atajo hacia el otro mundo… Ambos están relacionados con prostitutas (el
policía nació de una, en plena acera; su padre era un golfo que se acostaba con
todas, incluida la madama, futura abuela de aquél) y con la ambigüedad de
fenómenos como el fuego (cuando niño, el infantil policía intentó quemar vivo a
su padre) y la locura (representada en la madre, en la figura alucinada del Culebrero, en la misma estructura onírica del relato), mientras el Requiem de
Mozart se desplaza desde un maldito fantasma paterno hasta un parricida
frustrado en busca de consuelo. 3.5/5
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martes, 6 de enero de 2015
Lovelace (2013)
Linda
Lovelace no era tan linda como Amanda Seyfried, ni ésta la interpreta por
seguir explotando la faceta de rollergirl heredada de Heather Graham --pero
mejor no empecemos con la influencia inesquivable de Boogie Nights aquí o en
American Hustle, también de 2013-- que (des)viste su persona
cinematográfica: ambas cuestiones resultan de lo más triviales al cabo de este
recorrido a través del lado verdaderamente oscuro de la industria pornográfica
floreciente en los setentas, producido por la misma Seyfried y Peter Sarsgaard,
quien se encarga del ingrato rol de Chuck Traynor. Anticipando un poco a lacras
como Paul Snider (el asesino de Dorothy Stratten, encarnado por Eric Roberts en
Star 80), Traynor sedujo a la joven Lovelace y, ya casados, abusó de ella
física, mental y emocionalmente, prostituyéndola e incitándola a incursionar en
las hasta entonces radicalmente marginales blue movies con el objetivo de
saldar sus cuantiosas deudas. Entonces, prácticamente con un revólver empuñado
por su marido apuntándole a la sien, Linda Lovelace se convirtió de la noche a
la mañana en una estrella de la pornografía socialmente legitimada, la primera
diva de la liberación sexual en unos Estados Unidos por la hipocresía y el
relativismo moral. Esta película aprueba, si no holgadamente, en su descripción
matizada de ese mundo descarnado y criminal, sobresaliendo en el retrato
humanizante de su protagonista, una Seyfried que acierta en cada nota dramática
exigida, y a quien asisten harto solventemente Sarsgaard y unos conmovedores
Robert Patrick y Sharon Stone como sus padres. Lovelace es una ilustración
sobria y una denuncia retrospectiva, y una película claramente superior a
aquella Deep Throat que acaso redimía en un parpadeo la presencia de Carol Connors (la
mami de Thora Birch)…, pero esto último es la suma trivialidad. 3.5/5
lunes, 24 de noviembre de 2014
El corazón del bosque (1979)
Manuel
Gutiérrez Aragón propone una relectura de los fantasmas de la Guerra Civil
Española que, sin lograr la poesía de cintas contemporáneas como El espíritu de
la colmena (1973) o Cría cuervos… (1975), ni mucho menos, alcanza ciertos momentos de lirismo
innegable y profunda e insólita humanidad. La siempre hermosa Ángela Molina, en
su eterna juventud de musa buñueliana, es la hermana de un ex guerrillero (excelente
Norman Briski) que, en una azarosa jornada reminiscente
del Corazón de las tinieblas conradiano adaptado también a la guerra por
Coppola, busca al recóndito, virtualmente mítico líder que muere en vida
internado en la montaña peinada por los falangistas. Entre el realismo tenue
pero crudo y el onirismo frecuente aunque incierto, Gutiérrez Aragón traza una
delicada sinfonía de silencios prolongados y continuos, en la cual tantos
primeros planos de manos --pequeñas, grandes, compasivas, gélidas, tenaces,
dolientes-- parecen comunicar las sombras vivas, los movimientos frustrados y los
reflejos de un mundo sin mayor voluntad que la de la muerte. 3.5/5
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miércoles, 19 de noviembre de 2014
Mare nostrum (1948)
María Félix y
Fernando Rey estelarizan esta (segunda y última) adaptación de la novela de Vicente Blasco Ibáñez
por Rafael Gil --la primera, dirigida por Rex Ingram, fue rodada en inglés--, también conocida como Alba de sangre. Durante la Segunda Guerra Mundial, el aún joven capitán de un
navío español, forzosamente detenido en las costas de Italia, persigue sin
tregua a una exótica beldad que resulta ser una Mata Hari de cuidado, alguien
que (inclusive si no será su voluntad) conseguirá arruinar su vida. Ágil pese a
los eventuales diálogos expositivos de rigor, y filmada con un estilo irregular
que no ensombrece sus más profundos momentos, la principal razón para disfrutar
la grave película es, cómo no, su incomparable pareja protagónica: dos actores
en transparente estado de gracia, derrochando incontestable naturalidad --y los
detractores de la Doña deberían tomar nota-- e intensidad, además de
oportunísima química profesional. Las escenas que
comparten, especialmente, son prueba fehaciente de que la interpretación
dramática es reacción, y recuerdo constante de que los mejores siempre hacen
lucir todo al ritmo de la vida… aun cuando vaya a dar al fondo del Mediterráneo.
4/5
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jueves, 16 de octubre de 2014
L’Enfant d’en haut (2012)
Kacey Mottet Klein y Gillian Anderson
En esta
película estructurada como una ficción pero con la voluntad de un documental,
se trasluce la desoladora realidad de cierta infancia en el mundo
contemporáneo. Léa Seydoux, especialmente, y Gillian Anderson, pero también los
demás adultos de la historia, tienen a su cargo roles finalmente (de pronto,
inmediatamente) antipáticos, por decir lo menos; no es que la realización sea
de algún modo misógina, pero quizá es inevitable que lo termine siendo al
explorar la vida de un niño sin madre --en cualquier sentido de la frase: una
vida a la intemperie donde la infancia es una etapa que debe brincarse por
encima u obviarse para transformarte en un pequeño adulto
entre adultos que pueden aplastarte literalmente porque robaste para conseguir
un trozo de pan o un rollo de papel higiénico. El protagonista, interpretado
por Kacey Mottet Klein en más que convincente desempeño, es todo un Oliver Twist de este siglo.
La dirección de Ursula Meier es, aparte de la humanidad real que transpiran sus
personajes (hasta los extras), minimalista y efectivamente metafórica en la
desnudez de sus imágenes nevadas como interminables páramos de gelidez
existencial. 4/5
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martes, 14 de octubre de 2014
The Rover (2014)
Tres asesinos
se llevan el automóvil de un enigmático vagabundo (Guy Pearce) cuando deciden
regresar a la escena del crimen por el moribundo hermano de uno de ellos
(Robert Pattinson). Entonces se inicia una persecución sin tregua, con el único
aparente objetivo de recuperar el a simple vista ordinario vehículo, a través
de la cual la narración nos permitirá vislumbrar la renuente interioridad y las
ininteligibles motivaciones de su curtido antihéroe. Alabada por Quentin
Tarantino y saludada como una vuelta en plena forma del protagonista de Memento (2000) y L.A. Confidential (1997) --en otra ideal aparición estelar, de (re)concentrado poder--, esta lacónica y tensa, minimalista cinta, ambientada en
una Australia post-apocalíptica a la Mad Max, cuenta además con una fotografía
crispada que capta tanto la geología de los paisajes desérticos como la de los
rostros humanos, y la convincente, vulnerable actuación de Pattinson, lejos aun
del glamour intelectual de sus reveladoras (para el público desapercibido)
colaboraciones con David Cronenberg. 4/5
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