Michael Haneke, uno de los realizadores más preclaros del
cine europeo y mundial de los últimos años --para muestra, los botones de
filmes como la inquietante Caché (aquella insospechada prima lejana de Lost
Highway) o la desoladora Amour (The Notebook sin juventud ni romance)--, borda este implacable paisaje moral y social a partir de
un brillantísimo guión propio cuyo script doctor fue nada menos que Jean-Claude
Carrière, el ilustre redactor de los antológicos sueños francófilos de Buñuel.
La acción tiene como fondo histórico a la Alemania ad portas de la Gran
Guerra: antes de que el Archiduque Francisco Fernando sea asesinado, en una
pequeña provincia enjaulada por la rigidez de las apariencias, de las costumbres,
de las jerarquías clasistas y sexistas, una serie de eventos de violencia tanto
gratuita como fortuita atentará con desenmascarar la naturaleza misma de un
continente enfermo, la eventual explosión bélica de cuya tensa relación
conflictiva consigo mismo sólo cabía ser anticipada --como los sueños o
anuncios confesados por la pequeña alumna a su profesor revelaban la
posibilidad certera de un castigo improbablemente divino. El estilo de
minimalismo austero, de casi indiferente abstracción kubrickista que signa la
obra del maestro Haneke logra uno de sus relatos más perfectos y expresivos,
tenebristas y luminosos, toda una pieza de consumado arte narrativo que
deconstruye el círculo de la severa crueldad institucionalizada o falazmente
insustancial de la vida privada (por lo cual la oportuna presencia de Carrière,
quien también debe de haber ajustado el sentido del absurdo en el buñueliano
Haneke, no es sorprendente), como traza el devenir vertical, histórico de un
destino cotidiano, blanco cual una cinta amordazando el brazo de un niño inocente o un invierno premonitorio. Sin caer en esteticismos
innecesarios, ni en los pormenores inútiles de la retórica, Haneke se erige --a
través de su crónica de una sociedad con rezagos oscurantistas donde las mujeres valen poquísimo y un niño tal vez menos-- como testigo imparcial, mostrando a un tiempo aun la
degradación y la ternura, de un tiempo pretérito que lo convierte, además, en transcriptor de una lección imperdible.
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jueves, 28 de marzo de 2013
sábado, 23 de febrero de 2013
Amour (2012)
Michael Haneke narra la vida como tragedia ineludible,
inexorable y cotidiana en esta galardonada cinta. Jean-Louis Trintignant, nunca
más el joven estudiante de Derecho encantado por Vittorio Gassman en Il
sorpasso (1962) ni el campeón de automovilismo enamorado de Anouk Aimée en Un homme et
une femme (1966), se convierte en el único apoyo y fortaleza de su mujer, una irreversiblemente frágil Emmanuelle
Riva, también lejísimos de Hiroshima mon amour (1959), entregada por la fatalidad de
la experiencia humana a la paciencia y devoción infinitas, incondicionales de
su marido. Ambos venerables actores brindan lo mejor de sí mismos, y
Trintignant será una revelación --aun impactante debido a la avanzada edad del
Conformista de Bertolucci-- para quienes ni siquiera hubieren advertido o
prestado atención a su presencia en el reparto. Haneke vuelve a contar, además,
con su “profesora de piano”, la siempre ajustada Isabelle
Huppert. Sobriedad enigmática, casi metafísica y nada melodramática que logra
descorrer el velo sobre lo que en verdad somos (el amor vivido, con los pies en la tierra, mediante).
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